Vocación

Todos somos llamados En la mentalidad moderna solemos entender la vocación como aquello que nos gusta especialmente o para lo que nos consideramos singularmente preparados. Si bien estos elementos pueden ser criterios que ayudan al discernimiento de la vocación, no son determinantes ni se hallan en el corazón de la misma. La vocación es, ante todo, llamada. El hombre, desde su libertad, se siente impulsado a una acción que, en su interior, entiende como respuesta, aún cuando en muchas ocasiones no termina de comprender a qué es a lo que está respondiendo. La clave en el cristianismo se clarifica por medio de un Dios que se revela como creador, por amor, del universo y también del hombre. A partir de este primer acontecimiento podemos entender la acción libre del hombre como respuesta a ese amor primero de Dios. Todas las criaturas se desarrollan conforme a su propia naturaleza y, con ello, dan gloria a Dios. Sin embargo, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, está llamado a una dignidad mucho más alta: a ser amigo de Dios, a amar a Dios correspondiendo a su iniciativa. Para ello ha sido creado inteligente y libre. A veces, ante la tensión de nuestras vidas, contemplamos “con envidia” la paz y despreocupación que reina de forma espontánea en el reino material y también en el animal. Quisiéramos vivir con esa naturalidad, ¡sin complicarnos la vida! Sin embargo, ello sólo es posible para el hombre a partir del ejercicio de su libertad. A través de sus decisiones tiene que ir realizando su vida y, de que lo haga bien, dependerá que alcance su plenitud o no. En un primer momento ello implica un discernimiento moral, de reconocer lo que es bueno y lo que no. La acción buena me hace crecer como persona mientras que el pecado me va apartando de la meta, me separa de Dios y del prójimo. Sin embargo, no es ésta la cuestión que nos interesa abordar. El hombre, con su libertad, no ha de decidirse solamente por el bien o el mal. En muchas ocasiones debe decidir entre opciones igualmente legítimas. Esto es aplicable a muchas cuestiones importantes pero no definitivas (como, por ejemplo, el lugar donde vivir), pero llegará el día en que deberá escoger un camino que determinará su vida por completo, deberá pronunciarse sobre una cuestión que resulta definitiva: elegir el estado de vida. Y es esta una cuestión (al contrario de lo que mucha gente joven y ya no tan joven de hoy piensa) que no se puede soslayar pues, no tomar ninguna decisión al respecto es, de hecho, estar tomando ya una decisión. En este contexto es en el que podemos entender el significado profundo de la vocación, de la llamada de Dios. Dios, desde la eternidad, nos ha pensado y amado, y nos ha dotado con todo aquello que, desde la libertad, nos permitirá responder en plenitud a ese amor y, en esa respuesta, está nuestra felicidad y descanso. Diferentes vocaciones La llamada que Dios hace puede adoptar diversas formas. La más evidente es la llamada al matrimonio, a formar una familia, en cuyo seno y fruto del amor, puedan crecer los hijos. A esta vocación estamos, en principio, inclinados todos por naturaleza, en fidelidad al mandato de Dios: “creced y multiplicaos”. Sin embargo, ha querido Dios, en su designio de salvación para el mundo, elegir a determinadas personas para vocaciones singulares. A estas personas les concede una gracia especial para una misión también especial. Las llama a ser sal de la tierra y luz del mundo, a configurar su vida de tal manera que en ellas se anticipe, ya aquí, la vida del cielo. Las elige, las prepara, les revela su intimidad y las envía al mundo para servir a sus hermanos, desde el amor de Dios y según los distintos carismas. Si bien todo cristiano participa de esa misión, Dios escoge a determinadas personas, a las que concede la gracia necesaria, para que se consagren especialmente a ella. Esta consagración, en sus diversas formas, no supone una ruptura con la vocación natural al matrimonio sino, más bien, una superación de la misma. La persona llamada por Dios queda transfigurada por la experiencia de su amor. Desde ese amor comprende con mayor profundidad la vocación matrimonial, el amor de los cónyuges, pero, sin embargo, ese don de Dios que ha experimentado en su vida le impulsa a una entrega mayor. Siente la necesidad de llevar ese amor a todos sus hermanos, de que todos los hombres lo conozcan como él, por la misericordia de Dios, lo ha conocido. Apoyado en ese amor, que se le ha desvelado con dimensiones inauditas y que se abre al futuro como fuente inagotable, se compromete en una tarea que le desborda por completo pero para la que sabe que nunca le faltará el auxilio necesario. Esta vida consagrada adquiere múltiples formas (laicos consagrados, religiosos y religiosas en sus diferentes carismas, sacerdote secular, etc.). ¿Cómo discernir la llamada? La pregunta que se nos puede plantear es cómo discernir la vocación, qué hacer si siento que Dios me está llamando a algo distinto. Dios, que nunca se ha desentendido de la suerte del hombre ni aún después del pecado, tampoco nos abandona a cada uno de nosotros y nos ayuda para que podamos discernir nuestra vocación. ¿Cómo? A través de múltiples medios. Uno de ellos es la constatación de mis propias inclinaciones y habilidades, de lo que ya hablábamos al principio, pero esto es sólo un elemento más. No se entendería que una persona empezase a estudiar una carrera porque la facultad le queda cerca de casa o porque un amigo le podrá prestar los apuntes. Como hemos dejado entrever ya, toda vocación es llamada para algo que supera nuestras fuerzas, también la vocación natural al matrimonio. ¿Quién se cree con sabiduría suficiente para educar a un hijo? ¿Quién está preparado para amar y ser fiel a una persona en cualesquiera circunstancias? ¿Quién podría, sin la ayuda de Dios, ser guía y pastor de un pueblo? Así pues, la vocación no queda definida sin más por nuestras habilidades o inclinaciones. En ella subyace el atrevimiento propio del amor, que mueve a la persona a alcanzar la meta sin miedo a las dificultades, con la confianza de que encontrará los medios y le serán facilitados por la gracia de Dios para poder superarlas. También es necesaria la lectura de los acontecimientos de mi vida. Dios habla por medio de palabras y también a través de los acontecimientos. Ahora bien, ¿cómo leer correctamente esos acontecimientos? Ni que decir tiene (aunque en la sociedad actual no resulte obvio) que es necesario vivir en gracia, a través de los sacramentos de la confesión y de la eucaristía, así como de la oración. ¡Cómo podremos acertar en nuestra respuesta de amor si estamos apartados del Amor mismo, que es Dios! A partir de ahí, con la conciencia clara de que Dios me ama y de que mi felicidad radica en la respuesta a ese amor, el discernimiento vocacional requiere también de la mediación de la Iglesia. ¿Qué hacer cuando nos sentimos llamados a una vocación especial? Dios nos habla también a través de las personas que pone en nuestro camino. Si sientes una llamada especial de Dios deberías compartirlo con alguna persona de tu confianza que te haya instruido en la fe (padres, profesor de religión, catequista, etc.). Ellos deberán conducirte, en última instancia, si no lo has hecho tú ya, a un sacerdote que te dirija espiritualmente. El director espiritual no es una persona que decide por ti sino alguien que ilumina tu situación para ayudarte a decidir. Si ya en cualquier decisión importante para nuestra vida buscamos el consejo de personas en las que reconocemos una especial sabiduría y bondad, con más razón esto es así en la vida espiritual, donde el camino resulta tan extraño para el mundo y donde se requiere la gracia especial que Dios concede a los que ya han respondido a su llamada. Este proceso de discernimiento es distinto para cada persona, como único y singular es el amor de Dios por cada uno de nosotros. Pero una cosa es segura: nunca el tiempo que hayamos empleado en ver lo que Dios espera de nosotros habrá sido un tiempo perdido, antes al contrario. Jesús nos lo indica claramente en el Evangelio: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, quien no está unido a mí no puede dar fruto. Acercarnos a Él nos allana siempre el camino, cualquiera que éste sea. La llamada de Jesús, ven y sígueme, es universal. Sólo hemos de discernir el camino por el que Dios nos llama. Acércate a Jesús y a los medios que, a través de su Iglesia, pone en tus manos. Dios es lo que nos impulsa, Dios es el camino y Dios es la meta. En Él está nuestra plenitud y nuestra alegría. Dios lo da todo y no quita nada. No tengas miedo. Que Dios te bendiga.